El Bakalao no ha muerto, la ruta del bacalao y las drogas de diseño
las nuevas harddance, hard trance, hardcore, progressive y hardstyle...




MIEDO Y ASCO EN VALENCIA. Tras la resaca del 92, la crisis económica sacudió España y el crimen de Alcácer la convulsionó. La prensa sensacionalista, ávida de carnaza, se cebó en el despendole discotequero, un filón para el titular de impacto. Los periodistas radicalizaron la palabra iniciática escribiéndola con k. «En el bakalao encontraron el chivo expiatorio a todos lo males. No se preguntaron si la droga era culpable o síntoma de la perdición juvenil, no buscaron las razones de la existencia de una adolescencia perturbada», critica Joan Oleaque. Los padres se desayunaban con sus retoños retratados en la prensa, desencajados en los párkings de las discos en la mañana del Día del Señor. Los medios aseveraron la existencia de un peregrinaje de discotecas que enlazaba Madrid con Valencia, pasando por Toledo. El responsable provincial de Tráfico del momento, Roberto Ramírez, se puso en el ojo del huracán al declarar públicamente que aquello era falso: «No existe una ruta de after hours que una las dos ciudades».

No obstante, la sociedad estaba ya conmocionada y la clase política no tardó en tomar medidas. Se pusieron a la orden del día controles masivos de alcoholemia y drogas. «Si pretendían reducir los accidentes de tráfico podían haber arreglado las carreteras, porque algunas no estaban preparadas para el tránsito nocturno masivo», reflexiona el DJ valenciano Luis Bonías. También se intervinieron los teléfonos de los empresarios de las discotecas y la policía secreta irrumpió en las salas. El sector hostelero se defendió declarando en rueda de prensa que la droga era un problema de la sociedad, no sólo de los clubes, mientras se les trataba de perversos, mentirosos y mafiosos.

«Cualquier accidente de tráfico con muertos se atribuía a la fiesta, aunque fuera un dominguero que venía bebido de comerse una paella», ironiza Olea- que. Lo curioso es que el asedio provocó la resistencia de los usuarios y la incorporación de nuevos acólitos. «La huida hacia delante abocó al abismo: la seguridad de las salas se encargó a seudo skinheads, los camellos ya no pertenecían a la fiesta, los garrulos insultaban a los gays y las mujeres eran tratadas como putas». Joselito –sí, el ex Pequeño Ruiseñor–, abrió una sala ad hoc y los Pitufos Makineros versioneron éxitos de la radiofórmula.

Estigmatizada y echada a perder, la otrora Ibiza peninsular se sumió en la culpa. Todos miraron hacia otro lado y comenzó la diáspora. La fiesta se hizo fuerte hacia el norte y el oeste. Vitoria, Valladolid y, sobre todo, el cinturón industrial de Barcelona (el estilo denominado mákina es en realidad una variante catalana y embrutecida del bakalao) recogieron el guante en sus catedrales del techno (sic). Desde entonces no lo han soltado, aunque ya nadie hable de ruta alguna. Desde luego no en Valencia, por mucho que Chimo Bayo haya resucitado. ¡Ju-já!


HÁBITO «DESTROY»


Como dice el clásico rockabilly de Los Rebeldes, muchos se enamoraron de la mescalina en la Luna de Valencia, allá por 1983. Los efectos de las cápsulas eran la euforia rítmica, el hedonismo, el narcisismo y la exaltación de la amistad. En la pista, todas las tribus bailaban hermanadas por el buen rollo. «Lo que se vetaba eran las despedidas de soltero, porque la gente iba bebida y resultaba problemática», recuerda Vicente Pizcueta.

Pronto apareció el speed. La subida del compuesto anfetamínico se jaleaba agitando botellines de agua al grito de «¡Toma, toma!». «Era una auténtica droga para las masas y provocaba el baile de un autómata víctima de un ataque epiléptico», ilustra Joan Oleaque. Después, la cocaína irrumpió arropada por la modernidad. Suponía la democratización de una sustancia de artistas, el champán de las sustancias ilegales. De esa época es una pintada recogida por Oleaque en su libro: «Quiero morir en los váteres de Spook Factory».

En el año 88 ya no había rastro de las mescas. Los tráficantes holandeses de éxtasis introdujeron el MDMA en Ibiza en plena eclosión del acid house. Las pastillas llegaban a Valencia en las maletas de los veraneantes en la isla. La sencillez de la composición hizo brotar pequeños laboratorios clandestinos de síntesis. La borrachera rítmica y sensual se compartía en cuartos de pastilla. «Los camellos eran colegas de la disco que iniciaban en una religión pagana con la pastilla como hostia consagrada», sigue el escritor. Su consumo evitaba colas en los baños y no producía sed, por lo que no impelía a beber alcohol como sucedía con la coca. No obstante las bondades de la droga del amor, no se excluyó a las precedentes y se pasó al policonsumo.

Con la accesibilidad, el consumo comenzó a vulgarizarse, dejó de ser un vehículo para convertirse en un fin en sí mismo. La gente se drogaba antes de entrar e incluso se quedaba en el párking porque les daba igual la sala. Pronto se advirtió que la ruta era un lucrativo negocio y elementos ajenos a la pista se hicieron los dueños del mercado. «Los chulos de barrio entraron en el trapicheo y empezaron las peleas entre bandas rivales. Yo he visto pinchar ruedas, tirar piedras y a tipos saltando como monos sobre los coches», dice Josep Toledo.

Se impusieron la adulteración y los timos, con lo que el consumidor debía aumentar la dosis para lograr el efecto deseado: ocho pastillas en una noche. Las primeras víctimas del éxtasis se dieron en Barcelona un par de años después del linchamiento mediático de la ruta valenciana. «Cuanta más gente inexperta acudía, mayores posibilidades había de morir de sobre-dosis, ya que, a medida que el fenómeno fue a mayores en plan garrulo, lo que contaba era el desfase y molaba más quien más se colocase. Obviamente esa extraña épica puede pagarse cara», zanja Oleaque.



RUTA 2004


«El bakalao no ha muerto, ha sido asimilado por el sistema», advierte Joan Oleaque. Tras la criminalización de la ruta en 1994, toda una generación perdida para la música electrónica se dedicó a escuchar a Luis Miguel o emprendió un flashback curiosísimo que en Valencia han llamado remember, un revival que fomentó la escucha de los grandes éxitos de los 80. Superado el estigma, los adolescentes actuales viven el ocio sin complejos.

«La nueva generación venera aquello como símbolo iniciático de la fiesta. La ruta vuelve con la fuerza de un mito para gente joven muy popular», continúa Oleaque. Hoy, la práctica del neobakalao en Levante se limita a los reductos de Chocolate y Apache en Valencia, Pirámide en Castellón y Virtual en Alicante. De los templos de la época en la propia capital valenciana también resisten Puzzle y Barraca, mientras que Heaven y The Face han cerrado y la legendaria ACTV se ha convertido en un antro de salsa y música ligera de la factoría OT bautizado Akuarela.

Pero el meollo se encuentra al norte. La ruta ya se había desplazado hacia Cataluña (de Pallafrugel a Igualanda, pasando por Mataró) en su momento y sus catedrales del techno siguen convocando a las masas de fin de semana, aunque ya no sea en el nombre del bakalo propiamente dicho (mákina, en todo caso): Xque, con los populares DJs Pastis y Buenri al frente; Scorpia, Pont Aeri, Marte, Kontrol, Chasis, Kratter... Hay hasta quien no duda en incluir a la veterena Florida 135 (Fraga, Huesca), por más que su política musical no tenga nada que ver.

Hacia el oeste discurren rutas alternativas como la vallisoletana (cuajada de macros entre la capital pucelana y Medina del Campo) y, un poco más arriba, la que recorre el País Vasco desde Bilbao hasta Vitoria –muy controlada por la Guardia Civil por el menudeo de drogas–, con ramificación hacia Pamplona. Tampoco es desdeñable la conexión toledana, que en realidad comienza al sur de la Comunidad de Madrid para alcanzar Talavera de la Reina.

Las nuevas etiquetas para la música dura bañada en sudor son estilos germanos con diferentes matices de velocidad y melodía: harddance, hard trance, hardcore, progressive y hardstyle. En definitiva, música electrónica de batalla a disfrutar en chándal,contestación del fenómeno pandilla al rollo elitista de los clubes de electrónica de mayor calidad. Los modernos bakaladeros (ahora también llamados poligoneros debido a la acotación de las discos en polígonos industriales) hacen gala barriobajera con elementos de hip hop.

Aunque de aquellos polvos vienen estos lodos, el bakalao era un concepto destinado a un público disperso, abierto a todas las tribus, mientras que el sonido actual se dirige a un público muy definido, de extrarradio. «Alienante no es el ocio, sino el mundo en el que vivimos. Resulta más pernicioso OT y GH que la música electrónica –reflexiona Vicente Pizcueta, vicepresidente de Controla Club, ONG dedicada a la prevención del impacto de las drogas–. La juventud no acude con criterio y capacidad crítica porque existe un gran empobrecimiento cultural. Además, no hay que criminalizar al adolescente actual por su aspecto, el nivel de conflictividad es el mismo. Sería caer en la trampa que ya se nos tendió en los 90».


» http://www.el-mundo.es/laluna/2004/259/1078331932.html


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